Por: Tonatiuh Escorcia
Alejandro G. Iñárritu, uno de los cineastas mexicanos más laureado realizó "Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades". Después de éxitos como Birdman y El Renacido, en los que exploró los límites de la psicología humana y el entorno inhóspito de la naturaleza, Iñárritu realizó una cinta sumamente introspectiva y profundamente personal.
"Bardo" es una obra que roza lo autobiográfico, una película donde el cineasta refleja sus obsesiones, sus miedos, y sus cuestionamientos sobre la identidad y el éxito. La historia sigue a Silverio Gama, un periodista y documentalista mexicano radicado en Estados Unidos, que regresa a su país natal para enfrentar su propio pasado y resolver el dilema de su identidad en una tierra que parece haber cambiado tanto como él mismo. Este viaje es un espejismo, un recorrido que va de la mano de la confusión entre la realidad y la fantasía, entre la verdad y la percepción; sin olvidar qué la historia esta contada desde el "Bardo" de Silverio y por eso esa sensación de un sueño mal soñado, es el camino que recorre Silverio en su transición a la muerte.
La primera gran impresión de Bardo es visual: el despliegue de cámara y la fotografía de Darius Khondji es, sin duda, un festín. La cámara de Iñárritu navega entre escenas como un espectro que flota sin pertenencia. No obstante, esta maestría visual se enfrenta a un reto que pareciera autoimpuesto: el guion, también de Iñárritu, desafía la narrativa lineal e impone una estructura difusa, a veces inconexa, que busca más la sensación que la historia. Bardo es menos una narrativa convencional y más un flujo de conciencia, lo que hace que el espectador a veces se pierda en el mismo laberinto mental en el que Silverio transita.
Silverio, interpretado por Daniel Giménez Cacho, es un personaje complejo, con todos los ingredientes de la figura icónica del "artista atormentado". Sin embargo, a diferencia de la claridad con la que Iñárritu delineó a sus personajes en sus obras anteriores, aquí Silverio parece ser una extensión del propio Iñárritu, y eso deja una sensación de narcisismo que en ocasiones ensombrece el intento de conexión emocional. Giménez Cacho, sin duda, está a la altura del desafío y entrega una actuación precisa y llena de matices, pero su personaje se ve ensombrecido por el diálogo y la narrativa sobrecargada.
Uno de los aspectos más divisivos de Bardo es el tema de la identidad mexicana vista desde la distancia. Iñárritu intenta crear una crítica a los problemas de México desde una mirada expatriada, pero lo hace de manera tan introspectiva que a veces pareciera más una autoindulgencia que una reflexión sincera. La película toca temas profundos como la emigración, la mexicanidad, la historia nacional y los sacrificios personales, pero lo hace en un tono que a ratos parece sentencioso, y el público puede sentir que se le habla desde una atalaya.
En cuanto al impacto emocional, "Bardo" tiene momentos de auténtica belleza y nostalgia, con un tono surrealista que recuerda a Fellini. Sin embargo, en su búsqueda de lo onírico, la cinta a veces pierde el equilibrio entre lo real y lo simbólico, entre lo poético y lo pretencioso. Este viaje personal de Iñárritu deja una huella compleja: se puede admirar su ambición y su vulnerabilidad, pero uno se pregunta si esta exposición total de su alma era algo que debía compartir.
"Bardo" es una película valiente, pero divisiva; es una obra que, al igual que su protagonista, busca respuestas en los lugares más profundos de la psique humana y en las sombras de la memoria. Sin embargo, también es una película que corre el riesgo de desconectar a su audiencia en su ambición. Iñárritu sigue siendo un cineasta prodigioso, capaz de crear imágenes y atmósferas únicas, pero en esta ocasión, su obra nos deja con una pregunta sin respuesta: ¿Qué tan lejos se puede llevar la introspección antes de que se convierta en autoabsorción?
"Bardo" es, al final, una cinta que quedará como un esfuerzo monumental, una exploración de los rincones más oscuros y gloriosos de un cineasta que aún se enfrenta a su propia sombra.
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